Un camino compartido
DOI:
https://doi.org/10.47196/8nvh5n63Palabras clave:
editorial, camino compartidoResumen
Recibir la distinción de Maestra de la Dermatología constituye para mí un profundo honor y, al mismo tiempo, una invitación a la reflexión. Más que un reconocimiento individual, lo siento como la expresión de un camino compartido con maestros, colegas, alumnos, médicos en formación y pacientes, quienes han dado verdadero sentido a mi vida profesional.
Mi gratitud se dirige, en primer lugar, a quienes marcaron el inicio de ese recorrido. Al Dr. Dagoberto Pierini, quien despertó y consolidó en mí la pasión por la Dermatología Pediátrica, y al Dr. Pedro Magnin, quien me abrió las puertas de la vida académica y me orientó a pensar la dermatología no solo como una práctica asistencial, sino como una verdadera carrera de formación, docencia e investigación. Su ejemplo, su generosidad y su confianza fueron fundamentales en mi desarrollo profesional.
La dermatología me enseñó no solo a observar la piel, sino también a comprender al ser humano en su integridad. A lo largo de los años, confirmé que el conocimiento científico debe ir siempre acompañado de sensibilidad, ética y vocación de servicio.
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